Desde los inicios de la república, como lo han mostrado los historiadores, las relaciones entre la región Caribe y el resto de la nación colombiana han sido de tensiones y desencuentros.1 El clímax de esos conflictos se vivió en 1903, cuando uno de los tres departamentos costeños de la época, Panamá, declaró para siempre su independencia absoluta de Colombia.

Tal vez como nunca antes en este momento estamos viviendo una crisis del liderazgo político del Caribe colombiano en su capacidad para influir en los destinos de la nación. Esto es paradójico, pues en épocas recientes la participación electoral de la región ha resultado decisiva para definir el rumbo político del país.

La crisis del liderazgo político costeño se revela al ponderar la enorme distancia entre su peso electoral y su rol en la conducción del estado colombiano. En las elecciones presidenciales del 2014 la influencia de los ocho departamentos caribeños fue decisiva. Al dividir el país entre la región Caribe y el resto, se observa que Juan Manuel Santos perdió las elecciones en el resto del país, pero la victoria que obtuvo en la Costa Caribe fue tan enorme, que le permitió ser elegido presidente de la república por cuatro años más. Sin embargo, es evidente que la región Caribe tiene serias dificultades para traducir su influencia electoral en control del estado colombiano: hay un déficit de liderazgo costeño en la dirección de Colombia.

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