Adiós a las armas IV

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Secretariado de las Farc en tarima durante su última convención como grupo armado. FOTO: Semana.com

Por Neptalí Díaz Villán CSsR

La extrema derecha se ha empeñado en negar que estamos en guerra. Es simplemente una amenaza terrorista a un gobierno legítimo, dicen. Tal vez ellos no lo vean, o no lo quieran ver, pero es claro que estamos en guerra. Esto ha alcanzados los niveles de tragedia.

Y se trata de una guerra que no ha terminado. Tan sólo hay una tregua por parte de un grupo. Esta guerra sigue y no terminará ni con el castigo de los unos o de los otros ni con la entrega de las armas sino el fin de ese orden perverso que la ha generado. Porque para hacer posible la paz ante todo es necesario corregir las causas que llevaron a la guerra. Esas mismas que en algún momento me motivaron a hacer parte directa del conflicto y que por cosas de la vida o de Dios tomé otro camino y hoy me encuentro en este punto del tiempo y del espacio.

La paz no es algo que se anuncia, es algo que se construye y no solo con los que directamente hacen la guerra sino especialmente con todos aquellos que la padecen. La paz la construimos todos colombianos generando reales oportunidades de inclusión y posibilidades para superar la inequidad que genera tanta injusticia.

Pareciera que hoy la división está entre la paz de Santos y la paz de Uribe. Y así seguimos viendo que después de tantos años de divisiones nuestros dirigentes siguen haciendo lo mismo: dividir al pueblo para reinar. No nos engañemos. Tanto Santos como Uribe dicen querer la paz. ¿Pero qué tipo de paz? Los dos quieren acabar con las guerrillas. Uno dándole algunas dádivas para embelesarlas y otro exterminándolas. Pero ninguno quiere la paz que todo el país necesita. Ellos quieren la paz para sus sectores a quienes representan. Los dueños de las tierras y del dinero. La antigua aristocracia que ha llenado de males a este pueblo o la nueva que aprendió muy rápido los vicios de tan experta maestra.

Los dos utilizan el estado para dividir al pueblo, enfrentarlo, pescar en río revuelto y eternizar su poder en medio de un pueblo a quien desprecian y ven solo como botín electoral y como mano de obra para favorecer a los suyos.

De manera que los colombianos no estamos del todo representados por aquellos que hoy firman ni por los que se oponen a la firma del acuerdo. Y tenemos derecho a que no nos guste y hasta a rechazarlo.

A mí tampoco me gusta el acuerdo. Pero no porque concedió mucho. Concedió lo que tiene que concederse al final de las guerras cuando no hay vencedores ni vencidos. Los costos que pagó, por ejemplo, la isla de Sri Lanka para vencer a los Tigres Tamiles, la guerrilla separatista de aquel país asiático, fueron mucho mayores desde el punto de vista de violación de derechos humanos. Colombia es un país mucho más complejo desde todo punto de vista. Aquí se trata de un acuerdo para terminar la guerra y todos tenemos que ceder un poco. Siempre hay que pagar un precio.

A mí tampoco me gusta el acuerdo porque fue un acuerdo de mínimos. Y porque los cambios de fondo que necesita el país todavía no se ven. Veo que la guerrilla se preocupó más por no ser castigados que por los cambios de fondo. Y los negociadores del gobierno simplemente querían que la guerrilla se entregara pero sin hacer cambiar el sistema que impide la movilidad social. Sin ceder un poquito de este sistema perverso generador de riqueza para unos cuantos, pero generador de miseria para la mayoría.

El acuerdo hace muy poco por cambiar las causas del conflicto. Por eso no me gusta. Se trata de las mismas causas que denunció Gaitán y lo mataron. Las mismas causas por las que protestaban los campesinos del Tolima, de los Llanos, de Santander o de cualquier parte y que en vez de escucharlos y de atenderlos los bombardearon y se vieron empujados para el monte.

No obstante que no me gusta el acuerdo porque hace muy poco por cambiar este sistema perverso de inequidad, yo voy a votar por el sí. Por lo menos es un actor armado menos en el país. Y eso es muy positivo. Eso abre caminos para construir la paz. Pero respeto a quienes votarán por el no porque tampoco les gusta el acuerdo por sus propios motivos. Más allá de todo eso, es a todos que nos corresponde construir la paz.

Yo sé que las guerrillas se degradaron hasta más no poder. ¡Claro si! En este mundo se puede degradar hasta lo más sagrado ¿qué no se puede decir de los actores directos de la guerra? Yo sé que es muy difícil pensar en la posibilidad que aquellos que hicieron tanto daño con las armas tengan la posibilidad de ser congresistas.

¡Pero es que de ese se trata! Por eso empezó la guerra. Porque vieron todos los caminos cerrados y cuando lo intentaron por la vía política con la UP hubo el genocidio orquestado por las mismas clases dirigentes que hoy pretenden mostrarse como víctimas. ¿Lo hemos olvidado?

¡De eso se trata! Que dejen las armas y puedan ser elegidos. El plebiscito no es para votar por ellos es votar para que dejen las armas y hagan política sin el temor a ser eliminados como otrora.

Hay que dejar bien claro que no se está votando por el castrochavismo. Ese es un fantasma que la ultraderecha utiliza para asustar y ganar adeptos. Como el coco que usaban los papás para asustar y manipular a los niños y obligarlos a que se portaran bien. Hey, ¿ya cumpliste 18 años? Es en serio, el coco no existe, ni el niño Dios trae los regalos de Navidad.

Yo sé que muchos no están de acuerdo conmigo y lo entiendo. Y en medio de nuestras diferencias no podemos dejarnos dividir y enardecer nuestras bajas pasiones que nos arrastran a agredir a quien no está de acuerdo con nosotros.

Es que en últimas a quienes nos corresponde buscar los cambios de este país será a toda la comunidad, a un pueblo consciente de sus necesidades de sus transformaciones.

Necesitamos a un pueblo consciente que elija nuevos líderes capaces de enrumbar a Colombia hacia el auténtico desarrollo sostenible. Una nueva dirigencia y no solo de personas sino de ideas, de convicciones, de reales valores a favor de la vida, de la equidad, de la democracia. Porque si fue la falta de democracia la que desató esta guerra, solo una real democracia podrá ponerle fin.

Pero democracia real donde pueblo pueda elegir a conciencia y no simplemente validar a un Santos, a un Lleras, a un Uribe mientras los Pastranas, los Turbay o los Gaviria esperan su turno. Y mientras las multinacionales expolian las riquezas del subsuelo arrasando los páramos y ampliando los desiertos haciendo evidente la ausencia de estado lo cual hay que remediar si queremos de verdad vivir en paz.

Hace unos años salíamos a marchar gritando: no más Farc, no más paras… Hoy tendríamos que afirmar también: No más Santos, no más Uribes, no más Lleras, no más Turbay, no más Gavirias… en fin, no más ese poquito de dirigencia que con su vileza ha empobrecido y convertido este bello país una república bananera sometida a los poderes que la denigran.

¿Estaríamos nosotros dispuestos a construir juntos la paz? Empezando por nuestra conciencia cívica, por nuestro compromiso como ciudadanos con los cambios que requiere el país. Porque una paz sin los cambios reales que necesita el país es un espejismo, algo para colmar la vanidad de los políticos y la hegemonía de los poderes que generaron esta guerra.

No se trata de expropiar al que tiene ni de imponer el comunismo que fracasó en otros sitios. Tampoco del asistencialismo que vuelve perezosos y mediocres a quienes favorece sino de generar verdaderas posibilidades de desarrollo. De abrir espacios para una educación incluyente y oportunidades reales para generar riqueza tanto en los campos como en las ciudades.

Yo voto sí, pero no porque ya venga la paz con ese acuerdo. La paz solo la podremos construir entre todos. Con un pueblo consciente de su responsabilidad. Con movimientos sociales que amen la tierra y busquen la justicia.

La guerra nos ha degradado, nos ha hecho desconfiar de todos. Necesitamos urgente rehumanizarnos, recuperarnos como humanos. Esto nos ha costado entenderlo. Hace ya varios años están llegando desplazados, reinsertados, víctimas y victimarios a nuestras ciudades. Muchos de ellos han sido rechazados por “ciudadanos de bien” con el argumento de que vuelven inseguro el sector, que las casas de interés social hacen que los “buenos sectores” se desvalorizan, en fin… ¿Hasta cuándo vamos a creer que la guerra no es con nosotros, que los victimarios son otros?

Necesitamos una democracia real, abrir espacios de inclusión, incomodarnos un poquito si así lo requiere nuestro tiempo presente. En este país tenemos que caber todos. Si todos hemos sido responsables todos tendremos que cambiar la historia.

Y entre todos podemos presionar, buscar, generar políticas justas e incluyentes. Podemos y necesitamos unirnos en organizaciones sociales que valoren y trabajen por la tierra, por la protección del agua, sin lugar a dudas nuestra mayor riqueza natural. Proteger los bosques, promover energías limpias y generar riqueza para todos. Si los empobrecidos no por la naturaleza sino por el sistema, tienen la oportunidad de generar riqueza en sus campos, en sus comunidades, ni por el Chiras querrán volver a la guerra. Esta surgió como una salida desesperada tanto de unos bandos como de otros. Si desde pequeños lo niños entienden y descubren por sus propios ojos que es posible progresar, vivir tranquilos y en paz y gozar de los derechos fundamentales, este país será lo que siempre ha sido en potencia: el país grande que todos llevamos en las entrañas y que todos necesitamos parir aunque nos duela.

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