Adiós a las armas III

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Guerrilleros en la décima convención de las Farc. FOTO: lanacion.com

Por Neptalí Díaz Villán CSsR

¿Que la guerrilla tiene que pedir perdón? ¡Claro que sí! Tienen una gran deuda con toda la sociedad. Pero si de pedir perdón se trata tenemos que hacerlo todos. En una guerra difícilmente hay alguien que no sea víctima y alguien que no sea culpable. Esta sociedad toda ella está herida y es sobreviviente de la guerra y toda ella tiene alguna responsabilidad por acción o por omisión, por haber visto o por haber callado, por no escuchar el clamor de las víctimas o por preferir mirar para otro lado.

 Y si de pedir perdón se trata demos ejemplo y empecemos por nosotros como Iglesia institución como lo hizo Juan Pablo II al pedir perdón por los horrores de la Inquisición.

Porque hay que reconocer que en este país la Iglesia institución se alió con los poderosos para mantener sus privilegios, para construir los palacios arzobispales al lado de los palacios presidenciales o municipales y siempre defendiendo el statu quo. Esa iglesia que incitaba a la violencia partidista y decía que matar liberales no era pecado. Esa Iglesia que apoyó la discriminación, despreció a los hijos naturales llamándolos bastardos y llenó las conciencias de complejos de culpa, de miedo y conformismo ante el tiempo presente. Ese sector de la Iglesia que vio a los pobres simplemente como objeto de caridad pero no se atrevía a cuestionar el origen de la miseria ni a descubrir en los empobrecidos todo el potencial de riqueza para transformar el país.

Y cuando, como enviados por el Altísimo, llegaron hombres como Camilo Tórres y Domingo Laín entre muchos otros, esa Iglesia se encargó de perseguirlos y expulsarlos porque se convertían en un peligro para la “sana tradición”.

Hay que reconocer que un sacerdote íntegro como Camilo, profundamente coherente que se tomó en serio el Evangelio y la Causa de Jesús, que vivió su compromiso como presbítero llevando la delantera, abriendo caminos de libertad y de justicia con todos los riesgos que ello implica, de inmediato se convirtió en un problema tanto para la clase dirigente como para la jerarquía eclesiástica. Aunque pertenecía a ella, Camilo tomó distancia y entonces fue perseguido por una jerarquía que admiraba su inteligencia y su capacidad de liderazgo pero que lo quería sometido a su sistema religioso unido al poder. Fue después del portazo en el rostro por parte de un Cardenal, cuyo nombre prefiero no acordarme, cuando Camilo no vio otro camino que buscar el cambio en las montañas donde sólo en unos meses encontró su muerte.

Este país le debe mucho a la Iglesia. A esa otra Iglesia comprometida con el pueblo. A muchos curas de pueblo, de barrio que se han entregado por la comunidad. A tantos visionarios, quijotes que han tomado y siguen tomando la delantera en la búsqueda de alternativas en la educación, en la salud, en la defensa de los derechos humanos, en distintos sectores de la sociedad. A instituciones como ACPO donde se formó mi padre y luego trabajaría como educador popular. Pero la reconciliación estaría incompleta sin el mea culpa de la Iglesia institución, por apoyar a los bandidos de cuello blanco generadores de miseria y por culpar a los que no tienen culpa.

Uno de los fenómenos de las guerras es que va generando héroes y bandidos en todos los bandos. Los vemos también en las fuerzas del orden. Hay militares íntegros que dieron toda su vida por defender al pueblo y tenemos una gran deuda de agradecimiento con ellos. En gran medida la guerrilla se sentó a dialogar porque fueron diezmados por los golpes contundentes de la fuerza pública. Algunos de ellos, así como lo dieron todo en el monte, lo dieron todo en la mesa de diálogos.

Pero sabemos que también hay quienes aprovecharon su rol para enriquecerse y aliarse con el crimen. Hay quienes ejecutaron extra judicialmente a miles de inocentes simplemente para dar resultados.

La opinión pública sabe de unos cuantos. Pero Rito Alejos del Rio hay muchos y van pasando de agache. Hoy sabemos que algunos militares de alto y medio mando tenían puerta giratoria entre militares y paramilitares. Unas veces actuaban allá y otras veces acá… ¿Tendrían esos militares, algunos gozando de su derecho a pensión, la humildad y la valentía de reconocer esos crímenes y de pedir perdón?

¿Tendrían por fin los empresarios y ganaderos, los que lo hicieron, la humildad y la valentía para pedir perdón por auspiciar el paramilitalitarismo?

Y los parapolíticos que se sirvieron y sirvieron a los grupos paramilitares ¿podrían reconocer sus crímenes y pedir perdón? Las tierras que despojaron los paramilitares muy pocas han vuelto a sus verdaderos dueños. El miedo sigue imperando en esas regiones. ¿Podríamos avanzar en serio en esa restitución?

Y los farc políticos que en algunas regiones del país levantaban la bandera de todas las formas de lucha, ¿estarían dispuestos a pedir perdón? Y los que hoy tienen tierras que la guerrilla despojó, ¿estarían dispuestos a devolverlas?

La responsabilidad es entonces de la clase dirigente que manipula el poder, de la guerrilla que por derecho natural se rebela pero que se desgasta, se corrompe y ataca miserablemente a quienes dice defender, de los militares que defienden a los primeros y también se dañan, de la autodefensa que surge en un principio para defenderse de los abusos de la guerrilla pero luego se convierten en paramilitares al servicio tanto del sistema como de los grupos económicos y de las multinacionales, de las bandas criminales y de todos los que apoyan a unos o a otros.

Aquí nadie puede tirar la primera piedra. Medios de comunicación, sector empresarial, sindicatos, en fin… Pero también el grueso del pueblo tiene responsabilidad, en esta caricatura de democracia. Por elegir sin criterio ético, por vender el voto por un puesto o por unos cuantos contratos o por preferir el camino mediocre autodenominado apolítico que no es otra cosa que un eufemismo de la indiferencia…

Es que no se trata solo de unos crímenes que es preciso castigar. Se trata de una tragedia que ha golpeado y sigue golpeando fuertemente nuestra condición humana. Una tragedia de la cual todos tenemos responsabilidad.

Aquí es necesario tomar conciencia de todo lo ocurrido y asumir todos la responsabilidad. No se trata de olvidar, al contrario. Es necesario hacer todo un proceso de memoria histórica elaborada y reconciliada.

De manera que es necesario el perdón y la reconciliación por parte de todos, no sólo como un acto de buena voluntad sino un acto de sobrevivencia como seres humanos para construir la paz.

Continuará…

Adiós a las armas IV

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