Adiós a las armas II

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Por Neptalí Díaz Villán CSsR

Unos meses más tarde, en septiembre de 1991, cuando Salazar de las Palmas, cumplía 407 años de fundado, llegaron los Padres Redentoristas en sus campañas misioneras.

Eran unos curas chéveres, muy diferentes a los demás en todo sentido. Mis padres, que eran personas de fe y cercanas a los sacerdotes, a su vez eran muy críticos de la institución religiosa y de una mente muy abierta. Tal vez eso influyó para que, no obstante que los curas de mi pueblo eran buena gente, con frecuencia sus predicaciones en vez de despertarme la fe me sacaban la piedra. Además, los jóvenes del pueblo le teníamos rabia a los seminaristas de Pamplona porque cuando llegaban de descanso se conquistaban las muchachas más bonitas. Tenemos que irnos pero para un seminario más lejano y llamativo para cotizarnos más que esos carajos, me dijo un compañero en broma.

Al finalizar la misión redentorista, que fue todo un acontecimiento en el pueblo, los misioneros invitaron a conocer más de cerca la comunidad y a ver la posibilidad de trabajar con ellos por la gente. Entonces fue cuando conocí la figura de San Alfonso de Ligorio el fundador de los Misioneros Redentoristas y su opción por los empobrecidos de este mundo, por ir donde otros no quieren ir, por ser buena noticia para aquellos que los sistemas excluyen y condenan a la miseria. Entonces, ocurrió algo extraño, sentí como algo en el corazón, como un llamado interior que no podría describir.

Al iniciar el siguiente año, terminé de empacar las maletas y me despedí de la familia, pero no me fui para la guerrilla sino para el seminario, a seguir más de cerca los pasos de Aquel que no tenía dónde reclinar la cabeza. Y nos fuimos, justo con aquel compañero que en broma me había dicho: tenemos que irnos pero para un seminario más lejano y llamativo para cotizarnos más que esos carajos.

¿Qué habría pasado si no hubiera contado con la observación certera de mi padre que me hizo pensar y esperar, si en vez de irme para el seminario me hubiera ido para la guerrilla?

¿Me habrían matado como a varios compañeros y compañeras de colegio que perecieron en combate unos años después, entre ellos la mona con quien en algún momento pensamos en voz alta en que sería chévere formar una familia en un país justo? ¿Me habría desmovilizado al ver la degradación de la guerra y los vejámenes que la guerrilla cometía en nombre la revolución? ¿Me habrían hecho algún “juicio revolucionario” por negarme a cometer algunos actos de barbarie? ¿Habría aprendido el llamado “arte de la guerra” que no es otra cosa que un eufemismo de la deshumanización? ¿Estuviera en estos momentos diciendo adiós a las armas y a punto de volver a la vida civil?

Qué habría pasado es muy incierto. Lo cierto, lo real, es que en medio de tanta agua que ha pasado bajo el puente, yo seguí mi camino y sigo mi camino misionero en la misma búsqueda de una mejor humanidad pero no con las armas sino con el Evangelio.

Debo reconocer que aunque estoy aquí y ellos allá, los motivos por los cuales muchos de ellos se fueron a la guerra también los sentí y lo viví yo. Y la voz certera de mi padre y las otras opciones que yo tuve ellos no las tuvieron.

Sí, es cierto que cometieron muchos vejámenes imperdonables y dignos de castigo. Pero no solamente ellos. En una guerra todos los bandos cometen horrores que no merecen perdón. Ellos son tan solo uno más dentro de este espiral de violencia generado por esta sociedad estructuralmente injusta y legalmente inequitativa.

Que no nos pidan que los miremos como salvadores cuando han sido generadores de muerte y de dolor. Pero son tan culpables los generadores de violencia desde la extrema izquierda como los de la extrema derecha que piden justicia pero se les olvida que fueron promotores del narcoparamilitarismo y creen que rezando lavan todos sus crímenes algunos de ellos orquestados desde los sótanos de casa de Nari.

Estas serían las dos caras de la guerra: la extrema derecha y la extrema izquierda.  Pero es preciso tener bien claro que la principal causante de la guerra desde los orígenes hasta ahora es la clase dirigente que ha gobernado este país pensando solo en ella misma, despreciando al pueblo, sin amor por la gente y por la tierra, con ineptitud y bajeza humana, sin responsabilidad y sin humanidad, sembrando de miseria y de pobreza a este país privilegiado por la naturaleza. Esa clase que creó las estructuras injustas y que impedía pensar y soñar en grande y llenó los corazones de los empobrecidos de rabia e inconformismo.

Esa misma clase que hoy sigue creyendo y haciendo creer culpables a los otros. Esa clase que siendo la principal generadora de la guerra hoy pretende absolver a unos, condenar a otros y lavarse las manos como Pilatos.

El primero y el principal victimario no fueron los guerrilleros, los paramilitares o las bandas criminales. El primero fue ese orden legalmente constituido generador de injusticia de arrogancia, de menosprecio, de miseria y de muerte, caldo de cultivo para el inconformismo y la búsqueda de salidas desesperadas.

Continuará…

Adiós a las armas III

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