Adiós a las armas I

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Miembros del secretariado de las Farc en los diálogos de Cuba. FOTO: Archivo

Por Neptalí Díaz Villán CSsR 

A pocos días del plebiscito, cuando la paz está en el debate público vemos una polarización y un duro enfrentamiento entre los distintos bandos donde no solamente se descalifica al adversario sino que se muestra como caos y lo propio como la única salida. Caramba le estamos siguiendo el juego a nuestros clásicos dirigentes que han dividido el país y han puesto a pelear a las masas para seguir ellos reinando favoreciendo sus más mezquinos intereses. La confrontación, que se da incluso entre las mismas familias, llega a un punto que muchos prefieren la lucha armada para la cual el gobierno manda a unos soldados para que junto con los paramilitares se maten con los guerrilleros todos ellos de las clases bajas. Tal vez si aquellos que desde sus cómodos escritorios atizan la guerra tuvieran que mandar a sus hijos al campo de batalla cambiaran la versión.

¿Será que podemos hacer un esfuerzo para abrirnos un poco y ver las cosas desde el ángulo del otro? He pensado mucho en esto desde hace ya varios días cuando a la luz de los acontecimientos presentes recordaba los años de mi juventud.

Nací en Salazar de la Palmas, un pueblo cafetero encumbrado en las montañas del Norte de Santander. Pocas opciones teníamos los jóvenes de aquella región. Unos pocos podían seguir sus estudios universitarios y encontrar alternativas de progreso en las ciudades. Un gran grupo se quedaba en una economía de subsistencia. La guerrilla y las fuerzas militares se convertían en una opción de empleo.

Finalizaba la década de los 80 e iniciaba la de los 90, cuando se sufría el exterminio de la UP por parte de la extrema derecha del país. Como muchos jóvenes y adolescentes de aquella época en mi pueblo, estaba inconforme con la situación del país y quería hacer algo para que fuera diferente.

Desde niño veía con rabia cómo cada elección se convertía a su vez en una decepción más y las opciones políticas que surgían eran deslegitimadas o silenciadas para siempre con las armas. El asesinato de líderes como Jaramillo Osa y Pardo Leal hacía que cada vez creciera la rabia y los anhelos desesperados por hacer algo.

Mis padres eran educadores y líderes comunitarios que luchaban por el progreso de su comunidad y que no pocas veces pusieron su vida en peligro a cuenta de sus opciones a favor de ella.

Cuando mi padre tomó distancia del partido conservador se convirtió en blanco de críticas. Lo llamaron traicionero, pintado (por aquello que ya no era azul sino que había aceptado también los líderes rojos del partido liberal). En medio de las calles y de los caminos escuchaba cómo lo acusaban de estar rompiendo con las “sanas costumbres políticas del pueblo”. Luego también se decepcionó de los liberales y en la primera elección para la alcaldía del pueblo apoyó al candidato de la Unión Patriótica. ¡Seguimos vivos de milagro!

Las puertas se cerraban por todo lado. Parecería como si la única opción fuera acomodarse y tratar de sobrevivir en medio de ese sistema estructuralmente injusto donde desde el nacimiento ya se sabía quiénes podrían ser los próximos alcaldes, gobernadores, senadores y los presidentes y también quienes seguirían siendo los obreros, los conductores, las muchas de servicio y las putas de los burdeles que de alguna manera buscaban mejores condiciones de vida, aunque finalmente terminaran marchitándola.

En los descansos de las clases, en las tardes de río después del colegio o en las madrugadas para el entrenamiento de futbol con algunos compañeros comentábamos entre, otras cosas, estos temas que nos inquietaban.

Para entonces la guerrilla había entrado al pueblo y asaltado varias veces el puesto de policía. Otras veces llegaba por sorpresa al colegio durante la formación de la mañana o a los salones de clase y alimentaba ese inconformismo y ese deseo de hacer algo para derrumbar el sistema perverso que condenaba a los niños antes de nacer.

Recuerdo aquella tarde de domingo cuando unos compañeros y compañeras de colegio, de río, de futbol me comunicaron que estaban empezando su transición hacia la guerrilla. Eran un poco mayores que yo, pero compartía con ellos estos temas que a los de mi edad poco les interesaba.

Los reclutadores militares llegaban también a ofrecer un puesto en la contraguerrilla. Incluso sin terminar el bachillerato eran aceptados para hacer curso de suboficial en algunas de las fuerzas. El gancho era la seguridad social para quien se fuera y para la familia. El riesgo de morir era alto pero existía la promesa de dejar a la familia asegurada.

En todo caso a mi ni se me pasó por la mente irme a las filas militares simplemente por tener trabajo y seguridad social, a defender un sistema que condenaba a millones a la miseria. Las opciones legales eran apabulladas por quienes decían defender las instituciones. Con este sistema tan perverso y con el exterminio sistemático a otras opciones, no había otra salida que las armas, concluíamos con los compañeros.

Recién cumplidos los 15 años de vida y después de mucho análisis la cosa para mi parecía muy clara. Me iba para la guerrilla. Según los compañeros que me animaban, allí debía ganarme un espacio para seguir estudiando y buscar los cambios que se veían imposibles por la vía legal. Así que, en el transcurso de unos dos meses ya estaría incorporado.

Pero ahí ocurrió algo. Creo que mi padre olió alguna actitud en mi y empezó todo un trabajo para que cambiara de idea. Él sabía que si me prohibía o me castigaba tal vez lograría el efecto contrario. De manera que intentó convencerme con argumentos para que por lo menos lo pensara un poco más.

Sí, es cierto que las mafias que tienen el poder han cerrado todos los caminos, pero tenemos que ser más inteligentes que ellos para buscar y encontrar otra opción distinta a las armas y a la eliminación del adversario, me decía. Lo que usted necesita es educación, la mejor arma es la educación, insistía…

En últimas, no solamente por los argumentos sino porque creía en mi padre, en su amor por mi y en su mismo compromiso con la comunidad, decidí esperar…

Continuará…

Adiós a las armas II

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